
A veces la vida te pone en la dificultosa tesitura de doblar tu camino, voltear la esquina y olvidar tu hoy y tu ayer, en ocasiones los golpes del destino no son más que una autorización para los abrazos del mañana, y es que vivir se ha convertido en una odisea para todo aquél que cabalga por la senda de la costumbre intentando romperla a cada instante.
Siempre me costó creer en mí pero a pesar de todo jamás desistí de lograrlo, es difícil aún para mí despertarme anticipadamente alegre sin, al menos, rozar una fantasía con mis manos de papel, un sueño incumplido o una meta indispuesta de razón y fe, pero no quiero pensar en rendirme, no ahora.
Me incomodan las sorpresas pero me gustan, odio los efectos del alcohol en el cuerpo pero a veces he necesitado beberlo, ya sabes, por aquéllo que decían que ayuda olvidar ¡qué gran mentira! lo único que hace es dejarte un cuerpo nauseabundo con el que poco más se puede hacer que tirarlo a la basura y lograr que al día siguiente las penas se multipliquen por ciento veinte y los recuerdos parezcan tatuajes entre los lunares de tu alma, amo el silencio y cada noche sueño con ir a visitar al cementerio al ruido agrio de la hipocresía y las verdades dobladas de dolor.
He probado todo para vivir mi vida a mi manera, he golpeado a fantasmas, arañado ventanas sin cristales, he querido romperme los ojos para no verme más, ni a mí, ni a mi realidad, ni a lo que lucho y pierdo, ni a lo que pierdo y creo haber tenido o ganado alguna vez, incluso alguna vez cerré los puños fuertemente para que mis venas no sintieran el colmo de la incertidumbre de un destino incierto y lleno de angustia, he probado todo, lo juro, y aunque quiero ser fiel a mí misma engañar a mi actitud melancólica y perdida se me antoja el juicio más sano al que podría recurrir en estos momentos.
De martes a domingo lloro lágrimas que saben a incurable nostalgia y los lunes revuelvo mis tripas y les acaricio la cabeza para que me mantengan firme ante las inclemencias locas de este huraño Universo que detesto como nadie y en el que no hallo apenas una sensación que me mantenga a salvo del cansancio de vivir perdiendo y querer luchar deseando ganar sintiendo siempre igual.