La niña que dibujaba otoños en lunares sin olvido

 

Con los sentidos envueltos por tanto bullicio interior que a veces me cortaban las alas en el vuelo hacia la ilusión y la esperanza. Así fue como decidí vestir con palabras e imágenes los retazos de los desvaríos de mis emociones y pensamientos más rebeldes. 

Y es que llega un momento en que la vida te empuja, te grita e incluso llega a golpearte con caricias reflexivas de verdad y realidad. Hay un punto en el caminar de todo ser humano en que es necesario mirar hacia atrás para comprendernos a nosotros mismos, para entender nuestro momento actual y para fijar nuestra vista en todo el camino que queda por delante, un camino que nosotros hemos de construir con lo ya vivido, con las lecciones aprendidas, con los muros ya destruidos, con los gritos que callamos en nuestro ser, con las sonrisas perplejas de quietud. Llega un momento en que tu mundo interior te exige más dedicación, mirarte más por dentro y dejar de escuchar las voces y palabras del exterior. Simplemente llega el día en que las horas de tu reloj se detienen, te observan y te susurran que te escuches a ti misma y dejes de arañarte el alma con lo que piensen y digan los demás.

Porque al fin y al cabo en este libro, en estos versos, en estos relatos, en estos poemas, dejo al descubierto mi niña, sin máscaras ni dobleces, sin medias tintas, sin miedos, porque ya me cansé de mirar al cielo y suspirar y que nadie comprenda el por qué de esta sensibilidad, ya me defraudaron los porqués disfrazados de comprensión de aquéllos que decían entender mis lágrimas en los moldes de una lectura o en los escalofríos de una melodía, porque hoy, aquí y ahora quiero ser yo misma, mirarme y quererme, respetarme, mimarme y encontrar mi verdadero destino siendo así, tímida, con una tal vez exagerada sensibilidad, soñadora, con miedos, dudas, ilusiones, sueños,...al fin y al cabo una persona como tantas y tantas, después de todo simplemente yo.

Me cansé del maquillaje con el que adorné en ocasiones mi alma, tal vez para hacerme querer, me cansé, a partir de ahora y desde este mismo momento y en este nuevo sueño de mi niña, la niña que dibujaba otoños en lunares sin olvido.

Aquí, ahora...Frente a frente conmigo misma...

Arqueó las cejas mientras miró fijamente a la persona que tenía delante suya, dudaba de las palabras que sus labios escupían como si horas antes las hubiera ensayado frente al espejo, la realidad era un aluvión de sensaciones dolorosas y las nubes parecía, por momentos vencer al sol enérgico y balbuceante de hace unos años.

Respiró mientras miraba hacia el suelo, ese lugar que pisaban sus pies pero del que su mente y su corazón andaban tan lejos, le podían las llanuras de miedo y la mirada que frente a frente la abrazaba parecía comprenderla firmemente.

Tocaba los dedos de una mano con los de otra, se tocaba el cabello, ese que tanto odiaba, y se avergonzaba de ser quien era, lo peor de todo era eso, que se avergonzaba de querer ser ella misma.

Suspiró mientras se infundía ella misma unas fuerzas que sabía que no tenía, las sombras de las malezas de un pasado infinito la hacían desfallecer pero el mundo la llamaba poblando cada rincón de su ser de primaveras, verdes abanicos de auroras nuevas, y un viento que no era tal, sino brisa acariciadora de pesadumbres y vacíos, de golpes y desafíos, de vida, de tal y como es la vida.

Volvió a mirar a la persona que tenía enfrente, asintió con la cabeza y supo que su lugar estaba entre las aguas calmadas de un tiempo que prometía ser mucho mejor que el ya vivido. 

Se despidió, mirándola a los ojos, escribiendo en las ondas de sus cabellos la promesa de empezar a respirar viviendo, sin máscaras, caminando, sola pero segura, rota pero con las ansias renovadas de ser feliz.